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La Coctelera
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Nada, naderías, nodo

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Me ha costado más tiempo del que imaginaba. Pero finalmente ha quedado aceptable. No renuncio a la reivindicación de la tristeza y la melancolía que tanto disfruto, pero ya hace meses que no hago del cinismo mi bandera. Ni de la gama de grises de la antigua plantilla el color de las cosas que me ocurren. No puedo tener una lágrima en la mejilla como avatar que me identifique. Y pienso que ha sido el tono circunstancial del momento que caracterizó al blog en sus principios lo que me ha impedido escribir en él desde que éste dejó de tener fuerza. Es por ello que ésto que escribo marca un nuevo comienzo de cero. Un nuevo punto de partida.

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Curiosamente partía de cero también en mi último escrito, hace "tan sólo" tres meses, en el cual recibía el otoño con una prudente mueca de optimismo. Que no pasara nada era lo mejor que podía pasar. Un otoño "aséptico", "objetivo". Y, cosas de la vida que es pura ironía, no me equivocaba esta vez. Estos tres meses han sido valiosos en sus naderías precisamente. Las pequeñas cosas, en la ausencia de otras más grandes, han tenido la oportunidad de brillar con fuerza, y reclamar su derecho a ser apreciadas y queridas. Y en ésto ha residido la grandeza de un tiempo que recordaré con afecto y dulzura. La entrañable placidez de un otoño excepcional que se acaba con estas fechas.

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Llegan brillos y jolgorios, idas y venidas, euforias, excesos, desgastes y batallas, y después, en la resaca, todo quizás sea igual, pero ya nunca será como antes, y yo siempre recordaré estos días en los que inocentemente creía que “no pasaba nada” como un refugio de sosiego y calidez de donde nunca hubiera querido salir por nada del mundo.

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Así que sí que "pasaba algo" cuando "no pasaba nada": Era feliz. Simple y llanamente. Y eso no es nada, eso es un algo muy grande. Pero yo cómo siempre sin enterarme ni del nodo.

3

Otoño

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Se acabó. La tristeza, el dolor, la pasión. Así, sin más. Game Over. Y no queda ni una endeble sintonía de despedida, de esas dulzonas de final de telefilme, más bien un pitido sordo que recuerda a la carta de ajuste. Y entonces te descubres quedando con desconocidos en un honesto intento de aprender una lengua nueva, buscando en Google información sobre cursos de escritura creativa y teatro o confeccionándote un horario para hacer deporte y visitar museos. Y cambiando todos esos planes por una película de terror en tu cuarto, con las luces apagadas. Y nada tiene mucho sentido pero no duele al menos.

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Vuelves a los amigos de siempre y a los amores de siempre. Los amores platónicos, vamos. Los que están ahí, perdurables e inofensivos. Sólo por inercia. Porque ya forman parte de la rutina más inmediata, sin más. Son bonitos y cómodos, al igual que inútiles, cómo tantas cosas en este mundo, cómo tantas cosas en esta vida.

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Da algo de rabia por dentro, ofusca un poco todo esto. Toda esa inspiración desbocada por la que vertías montones de palabras y palabras inconexas y apresuradas, toda esa conmoción febril que te conectaba con la esencia misma de la vida y las personas, el eterno misterio de los sentimientos.... ¿Donde va a parar todo eso tan subitamente? ¿Muere así, sin más, esa lucidez existencial? Será cuestión de romanticismo o de hormonas, pero sin emoción todo es mucho más vulgar, más mundano, y en el sufrimiento y la desesperanza el sentido de la vida parece mucho más autentico y real, aunque sea espantoso decirlo. Quizás sea masoquismo, qué vamos a hacerle. Quizás sea locura efímera, o las secuelas de un descoloque prolongado. El Síndrome de Estocolmo. O más bien el aburrimiento, como siempre. El caso es que todo el mundo anhela una vida intensa y yo soy bastante borrega a veces.
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Lo mejor es que ya es otoño. Pero un otoño aséptico, objetivo, con algún que otro cariz que podría evolucionar a interesante. Un otoño que comienza desde cero, que parte de la nada, como siempre. Donde el componente nostálgico no molesta más de lo usual, el frío empieza a colarse en las madrugadas por las sábanas, y el poder de la posibilidad vuelve por fin a aparecer timidamente en el ambiente.

2

La magia de una noche

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Acababa de llegar a Madrid, y estaba de ocupa en casa de P. Por casualidad había mandado algunos currículums a diferentes empresas de aquí, y me habían llamado de una en particular para una entrevista. No estaba muy segura de querer dar ese giro tan drástico a mi vida. Yo, que me creía ser de ciudades pequeñas y espacios familiares. Yo, que pensaba que mi vida discurriría plácidamente en urbes tranquilas, donde el metro fuera cosa de películas y el tren sólo para trayectos largos.

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Pero la entrevista había ido bien, y tenía que seguir hacia delante de alguna forma. Y el tiempo se echaba encima y demandaba tomar decisiones urgentes. Y eso también me gustaba en cierto modo, me hacia sentir viva. Sentir el riesgo, la aventura. Y el miedo, porque mucho miedo también hubo. Esa noche salimos. Era la Noche en Blanco. La primera noche que salía en la capital, intuyendo que seria la primera de muchas. La primera de una historia personal que escribo día a día desde esa fecha. Y jamás olvidaré la magia de ese momento, bajando por Cibeles, con el tráfico cortado al público, entre el gentío, la música, y las luces de los espectáculos. Lo que sentí al adivinarme formando parte de esta fascinante ciudad que aún me trata bien pese a todo.

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Eso fue hace dos años. Ahora me emociona el recuerdo y me entristece a su vez.

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Hoy se han torcido los planes. Cómo no. Fui ilusa al pensar que podrían salir bien. Ya no hay color para la Noche en Blanco. Un pequeño acto de optimismo que me tengo que tragar de nuevo. Olvidé el cinismo, y así me ha ido. Una pequeña bajada en la retaguardia que resulta ser de nuevo un motivo de derrota.

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En un rato saldré, e iré católicamente a ver los multitudinarios espectáculos visuales que han desplegado por toda la ciudad. Y el ambiente volverá a ser mágico por unas horas, y a envolver la ciudad en un aura de ensueño y encanto. Las gentes, admiradas, levantarán sus ojos al cielo que se viste de innumerables galas esta noche. Y yo no podré ver más allá de este recuerdo, ni sentir más allá de esto que siento, que ya se torna en hastio e indiferencia absoluta hacia todo.

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Otra noche en blanco pese a todos mis esfuerzos.

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4

Amores ridículos, noches en blanco.

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Me compré el libro de Milan Kundera porqué me gustó el título, cuando ojeaba distraídamente los libros de bolsillo de La Casa del Libro que encontré junto al Palacio de Deportes. Y por mimarme un poco también, por no haber entrado al concierto, porque estaba algo triste de nuevo. Cuando por alguna razón algo te hace olvidarte por unas horas de todo lo que te angustia el volver de nuevo a lo mismo se hace más duro si cabe. Y por tener barra libre en esto de compadecerme un rato.

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“El libro de los amores ridículos”, 1968. Tusquets Editores, 2005. 7,95 euros. Letras delgadas, blancas y naranjas, en un fondo negro hasta casi la mitad de la portada, y una ilustración de una especie de Cupido con cara de efebo, sosteniendo un arco pequeño en su mano. Me convencieron las palabras “amistad”, “amor” y “sexo” definidas como “juegos contradictorios” en el texto de la contraportada (algo de lo que parece que nunca me entero), al igual que “encuentros y desencuentros” (que son una pareja de antónimos binarios que me gusta especialmente).

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Amores ridículos”. Si de alguna manera se podría resumir esto que vivo, que llevo viviendo hace tiempo, sería en estas dos palabras. Una sucesión constante y sagaz de amores ridículos, caricaturescos y bochornosos, con finales muy logrados, rozando el esperpento. Es por ello que quiero identificación con los personajes de Kundera, con sus miserias, sus cavilaciones, desde el cinismo y el sarcasmo. Porque no hay mayor dolor que el absurdo y el ridículo como epílogo a una experiencia amorosa. Quiero sufrir a estos personajes para sufrirme a mi misma y quizás llegar así a un trato intimo de sufrimiento conjunto, aunque todo esto sea un poco disparatado y grotesco. Que más da ya, dado el caso. No tengo nada que perder llegados a este punto.

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Hoy por fin, en casa de nuevo, una semana más tarde, he podido comenzar el libro. Y ya en la página doce, en las primeras líneas del Capítulo Dos, he encontrado una de esas máximas kunderianas que fascinan por su sencillez y que bien podría justificar la incongruencia y el ridículo de las conductas humanas por norma en estas historias: “El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo. Y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cual era su sentido”

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A lo que sigue una frase no menos cargada de sentido: “Aquella noche pensé que estaba brindando por mis éxitos, sin tener la menor sospecha de que estaba celebrando la inauguración de mis fracasos”

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Y entonces, con amargo pesar, me remito al recuerdo y claudico a la veraz intuición de que la elección de este libro ha sido de una certeza inquietante, y que mis expectativas serán plenamente realizadas.

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Pero, francamente, ya no sé si me apetece todo esto. Ya empiezo a estar harta de toda esta mierda.

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Mañana es La Noche en Blanco en Madrid. Curiosamente es la noche a la que he decidido poner color. ¿Más noches en blanco? no, gracias. Ya he tenido bastantes estas últimas dos semanas.

6

Pesadilla

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Es una nave, o una habitación grande, oscura. Como unos vestuarios o algo parecido. Estoy mojada y descalza, llevo el bikini y el pelo chorreando, y me escurro en el suelo. De repente no hay nadie. Necesito meter todas las cosas en mi mochila negra y no encuentro el móvil, y sólo tengo una toalla, y no hay suficiente luz, la atmósfera empieza a ser asfixiante, claustrofóbica. Tengo miedo y ganas de vomitar, me llevo las manos al estómago, estoy completamente desorientada. No sé qué hago aquí, todo el mundo se ha ido sin mí.

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Por fin recibo un mensaje de alguien. Mi móvil no es mi móvil pero da igual. – Corre que el conductor se quiere ir sin ti – Salgo de la nave. Y hay un autobús. Llego al autobús pero sólo hay personas mayores. El conductor es una persona repugnante, está fumando, tiene verrugas en la cara y es obeso. Hay una mujer mulata con él, de mediana edad, con los ojos muy negros, rasgados, y labios rojos y enormes. Quiere pegarme por alguna razón y se muestra muy violenta, me grita y se me acerca airadamente escupiéndome a la vez que me habla, y no la entiendo porque no habla mi idioma. Tiene una mirada embutida en sombras oscuras, demoníaca, maligna. Me enseña los dientes en un gesto iracundo y amenazante como si estuviera gruñendo, me alejo de ella corriendo y me apresuro a ir al fondo del autobús. Ni rastro de las personas a las que esperaba encontrar, que eran adolescentes. Ahora sólo hay ancianos decrépitos y mujeres con velo rezando una especie de rosario o plegaria, murmurando un lamento lúgubre y tortuoso, como ánimas en pena.

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Se me acerca una anciana, con el pelo muy blanco recogido en un moño, y mirada azul penetrante. Me pregunta porqué no quiero creer en Dios. No quiero contestar, no sé qué decirle, estoy tan angustiada que me encojo en el asiento en el que me he sentado en la última fila, sin mirarla, arropándome con la toalla. Quiero que deje de hablarme, que se vaya, que acabe todo esto, estoy a punto de gritar de espanto. Me increpa que tengo que creer en Él, que arderé en el infierno si no lo hago, que será una muerte eterna y agoniosa, llena de tormentos y aflicciones. Me dice que sabe mi futuro y lo ve a la vez que me habla. Será el ovario derecho. Pasará en cinco años y la quimioterapia no servirá para nada. Resultará todo muy doloroso, tanto para mí como para mis seres queridos. De repente me hace ver en una visión compartida mi entierro, y a mi familia llorando en el funeral. Me espeta que decida qué quiero hacer con mi vida, si salvarme o condenarme eternamente. Y ya estoy tan aterrorizada que despierto bruscamente entre movimientos nerviosos y agitados.

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Son las siete y cuarenta minutos. Llevaba muchos años sin tener una pesadilla tan espeluznante y siniestra como ésta. Ya es Domingo. Es el día del Señor y no puedo dejar de recordarlo mientras intento dormirme de nuevo.

1

Soledad y Starbucks

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Pues no recordaba que había Starbucks en Madrid. Pero decidí bajar desde Moncloa hasta casa, andando hasta donde llegara, siguiendo la línea tres del metro, y en calle Princesa hay uno enorme, gigante, haciendo esquina, con terraza y todo. Lleno de gente a estas horas.

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¿Y qué he hecho? Pues lo que tenía que hacer. Coger el iPod lo más rápidamente posible y buscar alguna canción de urgencia para poder controlar el pequeño tsunami emocional que se estaba produciendo en algún lugar de por aquí dentro. Luego he seguido bajando la calle muy dignamente, y después había otro, y otro, pero ya me han dado igual, porque los he encontrado innecesarios y he recordado que nunca me gustaron.

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En esto consiste Madrid. O estás todo el día rodeada de gente, de amigos, sin espacio propio, con una vida social y laboral que te priva de un minuto intimo de refugio personal, o estás más sola que la una, sin nadie, sin ningún amigo, ni siquiera conocido, cerca ( O al menos no de esos a los que si vieras no les tendrías que explicar lo que hiciste en los últimos tres meses)

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En una ciudad grande cómo ésta.....se hace raro.

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Y pienso que esta vez es la enésima vez que llego a casa y la casa está igual que cuando me fui: sola, en silencio, más limpia si cabe incluso. Vacía. Una casa vacía si no estoy yo. Y que sigue vacía con mi presencia. Y pienso que podría llegar a entender a esas viejecitas que guardan todas sus pertenencias que terminan degenerando en basura, por tenerle un poco de apego a algo. O esas otras que también están solas y viven rodeadas de gatos, o perros, o las dos cosas....por no sentirse así.

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Y me doy cuenta muy a mi pesar, y es lo que más rabia me da, que para lo único que echo en falta ahora a alguien es para poder permitirme el lujo de seguir estando sola en vez de acompañada, de buscar la soledad y negar la compañía, como opción personal y no como circunstancia inevitable.

5

Tristeza

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¿Qué puedo decir? He hablado mucho, en distintos idiomas, de distintos temas y en distintos tonos. He reído y bebido mucho alrededor de una mesa. He comido extrañas comidas de lugares lejanos, saboreando cada bocado. He abrazado y buscado el calor en el cuerpo ajeno que he sentido como propio, y el fresco de la mañana, sacando el pie de la sábana. Me he dejado dar cariño. He mirado al cielo y he visto estrellas muriendo, colas de cometa, eclipses de luna y fuegos artificiales de brillantes colores en distintos países y lugares. He mirado mucho al cielo, y a los ojos de quién me ha mirado. He bailado al son de orquestas foráneas, músicas regionales, guitarras melancólicas y acordes enfurecidos. He cantado mucho y no lo he hecho tan mal. He visto a mucha gente cantar. Y muchos lo hacían muy bien. He visto a mucha gente feliz.
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He besado, aunque no lo suficiente. Nunca es suficiente cuando de besar se trata. He sufrido por amor, con la cara apretada en la almohada, y disfrutado el desamor en balcones victorianos y bucólicos rincones de jardines públicos. He dormitado mientras escuchaba llover en tiendas de campaña. He olido la tierra mojada y he soñado mucho. He andado en círculos, hecho el amor de diferentes posturas y maneras, subido en montañas rusas y toboganes zigzeantes, montado en barcas, taxis, barcos de guerra, ferries mareantes, veloces trenes, metros de diferentes ciudades, aviones de diferentes tipos y tamaños, buses de diferentes compañías, cruzado puentes, bordeado ríos, rías, he saltado mucho...y me he bañado en el mar.

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He regalado palabras, me han regalado libros. He discutido por el simple placer de llevar la contraria, y me han quitado la razón muchas veces de un modo entrañable. He hecho burlas, bromas, chistes, chascarrillos, chorradas varias. Me he reído mucho conmigo, y me han hecho reír a carcajadas. He jugado juegos de niños, y he sido de nuevo adolescente. He visitado ciudades increíbles, parajes maravillosos, playas sensacionales, pueblos misteriosos de historias malditas. He estado en fiestas y conciertos, festivales y desfiles, y visto atardeceres apabullantes. He vivido reencuentros con seres queridos. He vuelto a escribir...y eso es bueno.

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He subido a un rascacielos, lo he visto todo desde lo alto y, por instantes, he comprendido el mundo en un día. Y he vuelto a casa a recordarlo.

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He vuelto con muchas historias que memorar para siempre.

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Ha sido un buen verano.

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Ha sido un verano fantástico.

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Ha sido un verano inolvidable.

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Y si ha sido todo esto.....¿Porque me siento tan triste por dentro?