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Me ha costado más tiempo del que imaginaba. Pero finalmente ha quedado aceptable. No renuncio a la reivindicación de la tristeza y la melancolía que tanto disfruto, pero ya hace meses que no hago del cinismo mi bandera. Ni de la gama de grises de la antigua plantilla el color de las cosas que me ocurren. No puedo tener una lágrima en la mejilla como avatar que me identifique. Y pienso que ha sido el tono circunstancial del momento que caracterizó al blog en sus principios lo que me ha impedido escribir en él desde que éste dejó de tener fuerza. Es por ello que ésto que escribo marca un nuevo comienzo de cero. Un nuevo punto de partida.
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Curiosamente partía de cero también en mi último escrito, hace "tan sólo" tres meses, en el cual recibía el otoño con una prudente mueca de optimismo. Que no pasara nada era lo mejor que podía pasar. Un otoño "aséptico", "objetivo". Y, cosas de la vida que es pura ironía, no me equivocaba esta vez. Estos tres meses han sido valiosos en sus naderías precisamente. Las pequeñas cosas, en la ausencia de otras más grandes, han tenido la oportunidad de brillar con fuerza, y reclamar su derecho a ser apreciadas y queridas. Y en ésto ha residido la grandeza de un tiempo que recordaré con afecto y dulzura. La entrañable placidez de un otoño excepcional que se acaba con estas fechas.
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Llegan brillos y jolgorios, idas y venidas, euforias, excesos, desgastes y batallas, y después, en la resaca, todo quizás sea igual, pero ya nunca será como antes, y yo siempre recordaré estos días en los que inocentemente creía que “no pasaba nada” como un refugio de sosiego y calidez de donde nunca hubiera querido salir por nada del mundo.
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Así que sí que "pasaba algo" cuando "no pasaba nada": Era feliz. Simple y llanamente. Y eso no es nada, eso es un algo muy grande. Pero yo cómo siempre sin enterarme ni del nodo.
